Un potenciador sexual, casi me mata

Tema en 'Relatos Eróticos' iniciado por florecitauno, 6 de Mayo de 2013.

  1. florecitauno

    florecitauno Bananero iniciado

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    Seguí con mi vida al lado de mi esposa María Elsy, y mis 2 hijos, hoy en edad, de pre-adolecentes, actualmente era comerciante independiente, como proveedor de insumos agropecuarios.
    Residenciado en la zona urbana de Apartadó, desde mi retiro de la empresa bananera Standart fruit company.
    Mi esposa sigue siendo adorable, y nuestro amor se fundamenta en la confianza, y en nuestra apasionada relación de pareja.
    María Elsy, a pesar de haber parido dos veces, mantenía su vientre plano y la lozanía de su piel, con su cabello negro bien cuidado, pero con un nuevo corte por encima de sus hombros.
    Su cadera estaba más ancha. Cadera de mujer madura.
    Sus tetas habían descolgado un poco, debido a que habían crecido, guardando proporción con el resto de su cuerpo armonioso.
    Seguíamos teniendo encuentros sexuales, igual de apasionados, como en un comienzo, pero con menos frecuencia.
    Me sorprendía que conservara su capacidad multiorgásmica, y su chupa chupa de su vagina, que me ayudaba a controlar mi eyaculación.
    Pero, como el ser humano, es bastante incomprensible, que aún teniéndolo todo, está siempre busca, de otras nuevas experiencias. No nos llena, nada. Y ese es mi caso.
    Alvaro era mi mejor amigo y a la vez, se había convertido en mi compadre. Era soltero. Y muy estimado en mi familia.
    Alvaro vivía en Chigorodó, dentro de la misma zona de Urabá.
    Por nuestro parentesco, supe que ese miércoles estaba de cumpleaños, y que quería celebrarlo por todo lo alto, pero con mi acompañamiento.
    Me invitó, para que nos fuéramos para su casa-finca, muy cerca de Chigorodó, y para eso había invitado a un par de amigas, para que nos hicieran compañía.
    Alvaro era un caballista, pernicioso y mujeriego de esos que no tienen remedio.
    Antes de partir compramos algunas provisiones, entre bebidas, mecato, y un medicamento, que según El, era un potenciador sexual, llamado ANAFRANIL.
    Insistió para que lo tomara, recomendándome, que me iba sentir super bien.
    Me dio a tomar media gragea, y la otra media, se la tomó El.
    Al instante que me la estaba tomando, sentí adormecimiento y algo de tumefación en mi lengua.
    Partimos en su camioneta blazer, por supuesto Yo ocupando la parte trasera, al lado de mi nueva compañía.
    Era una espigada rubia, de ojos claros, de piel blanca, enfundada en un apretado blue jeans blanco, con una blusa negra, que le hacía juego a su par de botas negras de cuero.
    Su piel estaba matizada de vellitos, muy claritos, casi imperceptibles, que le daban un aire de ternura angelical a sus 22 años.
    Durante el recorrido, Yo llevaba un acaloramiento que no era normal, y sentía unas enormes ganas de follarme a esa nenita.
    Sentía el bulto que crecía entre mis piernas, y la lubricación lógica, causada por la enorme erección que tenía.
    Entrando en confianza, mandé mi mano a su entrepierna, sintiendo el gran bulto de su vagina.
    Y entre apasionados devaneos, entre acariciar sus tetas y su abollonado pan, pronto llegamos a la finca.
    Mi erección era notoria, y para no quedar en evidencia, tuve que desencajar mi camisa de mis pantalones.
    Con el permiso, de la otra pareja, halé a mi hembra para el segundo piso, en busca de la alcoba, para huéspedes.
    Con sus pantalones blancos, a la altura de sus rodillas, a medio bajar, sobre una inmensa cama de roble, con impecables sábanas blancas, la hice arrodillar.
    Y desde esa posición, descubrí su hermoso y redondo trasero, y entre sus piernas se descolgaba su gran chocho, cubierto de suavecitos y minúsculos vellitos , que como un yoyo, estaba partido a la mitad, desbordando su gordura por los lados, de su diminuta tanga, también blanca.
    Abrí aquella almeja, y descubrí, el rosado de su intimidad, con su suave lustre de su humedad.
    Ansioso, chupé su flor, como el más sediento de los mortales.
    Degusté el salubre de sus jugosas partes, y sin aguantar más, sin quitar del todo mis pantalones, por un lado de mi calzoncillos, saqué mi venoso y erecto miembro, aún babeante, y lo hundí hasta el fondo de la empuñadura.
    Bombeé de seguido, como un desesperado perro, coge a su hembra, y en medio de gritos de placer le descargué una cremosa e infinita eyaculación.
    Caí sin aliento, sobre las redondéces de sus nalgas, y después de un breve descanso, bajamos y nos unimos a la otra pareja, que también habían tenido tiempo para su refriegue.
    Almorzamos opíparamente, los platos que nos sirvieron.
    Decidimos tomar una siesta, y de nuevo, subimos a nuestra habitación.
    Esta vez nos desvestimos. Con sus tetas al aire, y en sus tangas blancas, donde se le notaba su esponjoso morro, y Yo en mis boxer, en donde sobresalía nuevamente, la protuberancia de mi erección, empecé a
    acariciar su suave piel blanca, mordisqueando la dulzura de sus pezones y con despaciosa succión, chupé, nuevamente la ricura de su velloso chocho.
    Tumbado sobre mi espalda, Ella, daba húmedos lenguetasos a mi lustroso pene.
    Después Ella a horcajadas, se ensartó, y se tragó toda mi barra, y con movimientos de pelvis, como estrujando un trapo, aceleró la marcha, y en medio de gritos, me hizo saber que gozaba de aquella cabalgada.
    Seguí bombeando, y bombeando, e inexplicablemente, no conseguía eyacular, aún teniendo, una ricura de esas, derretida de ganas y de placer.
    Insistí un rato más, pero, nada. Nada que eyaculaba, entonces me retiré algo contrariado.
    Empezamos a beber whisky, y esperamos a que se nos unieran Alvaro y su pareja.
    Consensadamente, decidimos irnos para las playas de la marthina en Turbo.
    Llegamos a las 4 de la tarde. Estaban desoladas, escogimos un estadero al fondo de la misma playa.
    Tomé mi whisky con mesura, despaciosamente, y después de compartir un buen rato, acusé sueño, y le pedí a mi pareja que me acompañara.
    Lo que me acosaba, era unas ganas inmensas de echarme un polvo, tenía la herramienta tan dura, que podía partir una panela.
    Esta vez, fue mi pareja la que me consintió, chupando copiosamente, la esponjosa cabeza de mi grueso y tallado pene.
    Desde la posición del misionero, la penetré, nuevamente con la ansiosa sensación de eyacular.
    Al cabo de un rato, después de una larga lucha cuerpo a cuerpo, la monita, había alcanzado un chorreante orgasmo.
    A esa altura yo acusaba un tenue cansancio, pero también, unas ganas de sentir el chorro de mi semen caliente.
    Pero no pude. Ambos nos cansamos, y lo dejamos asi.
    Volvimos al lugar de origen, que era Apartadó. Llegamos en horas de la noche. Mi amigo despachó en servicio público, a nuestras mutuas musas.
    Esa noche jugaban, nuestros equipos de fútbol de nuestros afectos, mi América de Cali, y su amado Nacional del alma, jugaban en el Pascual Guerrero de la Ciudad de Cali, y el partido sería trasmitido por la televisión Colombiana.
    Escogimos un bar, de la zona rosa de esa época, que quedaba alrededor del parque la martina.
    Estando allí, mi compadre Alvaro llamó a una de sus novias, y le pidió que trajera una amiga para mi.
    A las nueve llegaron las dos viejas, la amiga de Alvaro, una negra bellísima de ojos azules, de gran culo y enormes tetas. Venía acompañada de una flaquita, trigueñita, con pocas nalgas, que vestía con una blusa strapless roja, en donde visiblemente se le notaban los dos pezones de sus grandes tetas, y una falda de jean azul tan cortica, que desde que se sentó, empecé a pillarle la punta de sus calzones rojos.
    Tenía lindas piernas. Eran torneadas y lisas.
    El partido se estaba jugando, y mientras tanto mientras bebíamos.
    Yo no separaba mi vista ni de sus grandes tetas, ni de la punta de su calzoncito rojo, de la agraciada flaquita.
    Buscando cualquier escusa, le presté la camioneta a mi compadre, y nos ausentamos a dar una vuelta.
    La llevé a unas residencias, de mala muerte, que estaban cerca y detrás de la plaza de mercado.
    El lugar era regular, y era bastante frecuentado por parejas, para echar sus polvos de rapidez.
    Entramos a una pieza, que con un bombillo amarillo, alumbraba aquella cama a medio tender.
    No me importó, como tampoco me importó el olor a coño, que salia de aquella habitación.
    Al igual que con la anterior hembrita, mi pene estaba totalmente engarrotado, y deseaba ansiosamente hundirse en aquella carne prieta.
    Esa flaquita estaba preciosa, no necesitaba desvestirla, solo encaramé su blusa por encima de su pecho, y aparecieron ese par de tetazas alargadas y llenas de aromosa loción femenina, y enrollé alrededor de su cintura, la diminuta falda de jean azul, y ahí estaba expuesto el pequeño calzoncito, que tanto había gateado.
    Corrí el delicadito calzón para un lado, y apareció su bien afeitada vulva, lisa como la de una bebé.
    Chupé copiosamente su raja, hasta hacerla estremecer de placer, Ella me había "abrazado" con sus piernas, de tal manera, que mi boca estaba pegada como una sanguijuela, a su limpia y fresca almeja.
    Y ahí tumbada de espaldas sobre esa cama, la penetré hundiéndole mi brillante ariete hasta la coronilla.
    Que ricura de flaca, que lisa su piel, y que preciosas sus jugosas tetazas.
    La embestí estoicamente, y después de varios juetazos, la flaquita se dejó venir en un lloroso y caliente polvo, empapando toda mi virilidad.
    La desempaté, y le ofrecí mi lustrante picha, para que me la chupara, cosa que hizo cabalmente, desde mis dos inflamadas bolas, hasta el hinchado prepucio.
    Esa flaquita era una ternerita, en el arte de chupar. Chupó, chupó, y chupó sin cesar, y yo nada que me vine.
    Quería sentir el caliente de una eyaculación, pero nada. Entonces.
    Decidimos hacerlo con más calma, quizás más luego, en un sitio más relajante.
    Y, regresamos al parque.
    Mi compadre y la negra, nos miraban, y se reían, quizás se burlaban de mi, quizás se burlaban de mi lasciva ganas de follar.
    Era ya media noche, y en medio de nuestra tenue ebriedad, decidimos irnos de amanecida, a un motel que queda vía a Chigorodó, llamado "La finca de mi tío", y arrancamos para allá.
    Alquilamos una habitación por pareja.
    Ahora si, íbamos a ver como era la cosa, y empezamos la faena.
    Nos desnudamos completamente, y me deleité con la esbeltez de aquella flaquita, en donde por supuesto sobresalían sus enormes tetas, como si no pudiera con ellas.
    Esa flaca no necesitaba órdenes, ella misma, se las daba, y como ternero huérfano se me pegó en una deliciosa mamada.
    Ella estaba caliente, y también quería que la pichara. Y eso hice. La bombeé, acompasadamente, hasta que de nuevo Ella explotó en otro orgasmo, tan intenso como el primero.
    Agarrando mis huevos y mi picha, todo el racimo, me pedía que me viniera en su boca, pero no pude.
    Entonces Ella, arrodilla en el borde de la cama, me dijo, que la clavara por su ojete, y no me hice rogar.
    Untándome un poco de saliva, la agarré de sus flacos huesos de la cadera y la sostuve firme, hasta que degustando los anillos de su esfínter, la empalé por completo.
    Toda, toda por completo se la metí a esa flaquita, no sé en donde le cabía tanto.
    Ya para ese momento estábamos bastante agotados.
    Y ni con ese regalo, logré eyacular.
    Lo último que hizo fue tratar de masturbarme, con mis propios fluidos, pero nada. Estaba bloqueado, pero aún así, no se me aflojó la erección.
    Entonces, ya derrotado, decidimos devolvernos para Apartadó.
    Dejé a Alvaro en aquel motel, junto con su negra.
    Y a las 4 de la madrugada, pedimos un taxi, y en el mismo taxi regresamos los dos.
    La llevé primero a su casa, y luego Yo regresé a la mía.
    Mi esposa estaba, bastante preocupada, y a la vez visiblemente digustada, porque esa no había sido mi costumbre.
    No me increpó nada, en ese momento.
    No concilié el sueño fácilmente, a mi preocupante erección, ahora se sumaba, una bostezadera, como de desaliento.
    Y después de las 6 de la mañana me dormí.
    Me desperté al mediodía, en medio de una resaca de padre y señor mio, pero increiblemente, tenía la misma erección de la noche anterior.
    Me bañé copiosamente, y luego almorcé, y después me recosté de nuevo, y las ganas de follar, no se me quitaban.
    Mi esposa, que culpaba esa erección a un efecto colateral del wisky, en su comprendida y amorosa forma de ser, me pidió que me la follara, cosa que agradecí con ternura.
    Follamos como nunca. Follamos como solo nosotros sabíamos hacerlo. Follamos desaforadamente.
    Y Ella como siempre, después de haber alcanzado varios orgasmos en forma consecutiva, contrajo su entrañas, apretando su humanidad a mi inflamado pene, y me dijo que me viniera.
    Me vine en una erupción de semen, que como lava caliente, vomité dentro su lubricado chocho.
    Y descansé, y se fue la erección, y se me quitó la ansiedad.
    Tenía priapismo.
    El priapismo había sido causado por esa droga, que como potenciador sexual, había tomado.
     
    #1
  2. felñix

    felñix Bananero reconocido

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    Respuesta: Un potenciador sexual, casi me mata

    yo también he tomado esa pastillita y esos son sus efectos ..pero se pasa bn
     
    #2
  3. bucito

    bucito Bananero contento

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    17 de Diciembre de 2011
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    Respuesta: Un potenciador sexual, casi me mata

    excelente relato, yo nunca he tomado pastillas, me causan desconfianza!
     
    #3
  4. florecitauno

    florecitauno Bananero iniciado

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    16 de Septiembre de 2012
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    Respuesta: Un potenciador sexual, casi me mata

    Al enunciar el nombre del "potenciador", no lo estoy recomendando, al contrario dejo que cada uno con su sabio criterio, saque sus conclusiones. El priapismo, causado por ésta droga, es una erección, que puede durar muchas horas, que en algunos casos, puede ser dolorosa, y en caso de no bajarse, puede llegar a la cirugía del pene. El no eyacular no siempre es placentero, por el contrario muchas veces puede ser angustiador.
     
    #4

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